En la vida de la barcelonesa Astrid Fina (16/10/1983) siempre habrá un antes un después al 10 de mayo de 2009. Aquel día, y después de disfrutar de un partido del Barça en el Camp Nou, mientras estaba parada en su moto en un semáforo en la calle Valencia a la altura de Padilla un coche aceleró y le destrozó el pie derecho, además de generarle diversas lesiones. Dada su juventud, tanto ella como los médicos decidieron que iban a intentar salvarle el pie, que para cortarlo siempre se estaba a tiempo.

La mala fortuna quiso que en el quirófano fuera víctima de una de las malditas bacterias que habitan en los hospitales, la cual le provocó una infección. “Me dijeron, tienes dos opciones, o cortar o que te saquemos los huesos del pie e ir de por vida con muletas o en una silla de ruedas”, recuerda.

Astrid –que hasta entonces trabajaba de dependienta en una joyería– decidió primero apostar por su pie. Acudió a la consulta de infinidad de médicos, y su círculo de amistades les preguntaba qué harían ellos, hasta que tras dos años y trece operaciones decidió someterse a la intervención definitiva y cortar el pie. Antes, no obstante, se pasó un día por la Unidad de Amputados Sant Jordi, y “vi que había gente joven, que hacían una vida normal y que eran felices, cuando yo pensaba que yo no podría serlo. Así que sin que nadie lo supiera fui al médico. No le dije nada ni a mi madre. Recuerdo el entrar al quirófano. Fue muy duro, como si me llevaran al matadero”.

Un accidente de moto al regresar de un partido del Barça le destrozó el pie

No obstante, y sin ser consciente de ello, Astrid –a quien le pierde el queso– estaba cerrando una etapa de su vida y abriendo una nueva que le iba a deparar nuevas experiencias y un montón de alegrías, que jamás hubiera soñado. Evidentemente, no fue fácil. Es más, tras sufrir la amputación se le cangrenó el muñón y tuvo que volver a pasar por el quirófano. Hasta que un día de 2012 un amigo suyo, Kiko Caballero, la invitó a probar el snowboard en Baqueira, a ella, que hasta entonces sólo había esquiado un día con el colegio. Le encantó tanto que se presentó a las pruebas de acceso al equipo nacional. Era la única chica. Tuvo que superar pruebas físicas y técnicas en la nieve. “Estas últimas se me dieron mal. Me tenían que ayudar dándome la mano, pero es que llevaba tres años sin moverme”.

Y en menos de dos años disputaba sus primeros Juegos Paralímpicos en Sochi 2014, donde fue sexta en snowboard cross. ¿Quién le iba a decir a ella que después de tanto sufrimiento iba a llevar la vida que lleva ahora? “Cortar el pie fue la decisión más difícil de mi vida, pero lo veo como algo positivo. Si lo llego a saber me lo corto antes. Es como si la vida me hubieran dado una colleja por detrás para que despertara. Estoy encantada con la vida que llevo”. Y es que basta con mirar su actividad en las redes sociales para ver que no para quieta, que cuando no está encima de la tabla en la nieve está practicando skate, mountain bike o pádel surf, habiendo logrado además llegar a la élite del snowboard. Se codea con las mejores, ha visitado lugares y países que jamás había imaginado y desde el pasado junio forma parte del Programa ADO.

Dos años después del accidente y tras 13 operaciones decidió amputarse el pie

Inquieta, trabajadora y cabezona, Astrid Fina acude a PyeongChang con sus dos mascotas, un cerdito de plástico y el lobo Wolf, y ganas de pisar el podio y lograr medalla. Lejos quedan las primeras competiciones en las que tardaba ocho minutos en completar un circuito que sus rivales hacían en uno, lo que no impedía que sus oponentes la esperaran en meta para aplaudirle y hacerle una ola, sinónimo de la deportividad que reina en el deporte paralímpico, donde “no hay rivales”.

Pero, más allá del éxito deportivo, Astrid Fina sabe que es el espejo en el que muchas personas, muchos jóvenes, con discapacidad se miran. Recuerdo cuando hacía la EGB que un profesor de Lengua siempre me repetía “querer es poder”, sabias palabras que una vez más cobran sentido en la persona de esta admiradora de Brad Pitt, a quien el snowboard le aportó “la libertad que nunca había tenido. Me hace volar”.

Astrid Fina nunca ha perdido la sonrisa
Astrid Fina nunca ha perdido la sonrisa